Rafael Gambra.
«...Un cristiano -o un hombre religioso- que pertenezca además a una vieja y homogénea comunidad histórica no puede, a mi juicio, aceptar la laicización del poder y la organización estatista de su sociedad sin incurrir en una (consciente o inconsciente) apostasía. Mucho menos propugnarla como el más adecuado hábitat del creyente. Puede sí, en la medida en que arraiguen disidencias religiosas o grupos arreligiosos en el seno del país, aceptar libertades concretas en materia de cultos o de enseñanza, reconociendo situaciones de hecho que en nada afecten a la unidad espiritual del país ni a su derecho y su deber de vivir comunitariamente su fe...».